INVESTIGACIÓN EPI 2012 / 2022

INVESTIGACIÓN EPI 2012.  Dir. Lic. Fernando Osorio

LA VERDAD SOBRE EL BULLYING

Sobre la noción de Bullying:

A partir de investigaciones realizadas por el psicólogo noruego Dan Olweus, en 1993, se universaliza el modo de nombrar algunas formas específicas de maltrato entre escolares. Así, el término “bullying” comienza a utilizarse para definir la conducta de acoso entre pares. A partir de ese momento a las acciones de intimidación y acoso entre pares se las nombra como Bullying. Esto quiere decir que las conductas de intimidación que desarrolla un niño o un adolescente en las que involucra a un compañero para maltratarlo, acosarlo, insultarlo, humillarlo o golpearlo, incluyendo a otros como testigos de esa acción,  se agrupan bajo la denominación de “bullying”.   Esta nominación reúne una serie de criterios comunes  para darle una categoría formal. Es decir que todo aquel que hable de conductas “bullying” se refiere a un patrón de comportamiento,  generalmente desarrollado por un alumno contra un par, con testigos y en el contexto escolar.

A) Planteo:

Habitualmente las víctimas del Bullying son considerados débiles  y a los victimarios se los considera matones o delincuentes. Hay una tendencia a criminalizar a los victimarios y a desresponsabilizar a las víctimas. Respecto a la dinámica de maltrato resulta necesario pensar: ¿Qué los lleva a tener que  agredir y maltratar? ¿Por qué suponen que los demás pueden maltratarlos? ¿Por qué piensan que pueden agredir? ¿Qué percepción tienen de lo que ocurre a su alrededor? ¿Por qué permiten la agresión? ¿Cuál es el mandato familiar que cumplen al dejarse humillar y maltratar,  o al agredir a otro? ¿Qué circunstancias personales los debilitan frente a los otros? ¿Qué es lo que no logran  comprender sobre los otros? ¿Qué escena familiar reproducen dejándose maltratar o agrediendo? ¿Qué aspectos de su mundo interno  proyectan en la escena escolar cuando agreden o cuando son maltratados? Debemos comprender que el lugar de la víctima o del victimario se construye.  Ellos mismos reproducen una posición aprendida en el contexto familiar.

B) Propuesta:

Propongo  hacer una  revisión crítica sobre el planteo que hace la  epidemiología tradicional sobre  la problemática del acoso entre pares, en el ámbito escolar, y que ha denominado Bullying.  Es decir,  propongo reflexionar por qué se considera al Bullying como una nueva nosología psiquiátrica y se lo interpreta como una epidemia actual que asola los establecimientos educativos.

1) Tesis: La epidemiología posmoderna es una antropología criminal en tanto revaloriza el determinismo biológico para explicar la personalidad antisocial o la génesis de conductas y sentimientos disarmónicos.  Vuelven,  en contradicción con los descubrimientos del psicoanálisis, a tener peso  los factores predisponentes,  el innatismo, los  componentes hereditarios o constitucionales y los mecanismos biológicos de activación que regularían la interacción social de los sujetos.  Todo esto como etiología de muchas conductas y comportamientos que desarrollan niños y jóvenes en la actualidad.

2) Fundamentación: Impera, desde hace un par de décadas, un discurso epidemiológico sobre la realidad, que pretende deseducarnos.  Deseducar a la población equivale a imbecilizar sujetos. Este discurso epidemiológico posmoderno,  que tergiversa la realidad,  plantea un dilema ético: no tenemos la convicción de que muchos estudios y estrategias epidemiológicas respondan a las necesidades de las poblaciones que investiga,  sino a intereses económico políticos. Este discurso epidemiológico ante la caída y vaciamiento de algunos valores éticos y morales vinculados a la cultura y a las tradiciones, expresa que esto no es así y afirma que no hay tal caída ni vaciamiento.  Y, agrega que,  aquel que insista en denunciar este derrumbe  padece de una  nostalgia  conservadora. Resulta necesario pensar sobre la orfandad con la que se educan y crían muchos niños y jóvenes.  Hay una pretensión discursiva que pretende imponer la idea de que esa orfandad no existe y se plantea en términos de libertad, derechos humanos y  “autonomía”. Este  discurso también agrega que  el origen de esa orfandad no es la que genera los  conflictos  con   los niños y los jóvenes sino que  son del orden de la naturaleza y la biología.  De este modo hay  desresponsabilidad de los adultos. Por lo tanto, desde la vigilancia epidemiológica, los niños y jóvenes serían mutantes.  Han nacido con un déficit de origen genético, metabólico o neurológico que no les permite desarrollar cualidades tan básicas como: prestar atención, portarse como es debido, comprender la norma, superar frustraciones, limitar sus impulsos, frenar sus conductas perturbadoras, reconocer la palabra del adulto, respetar las instituciones, tener una identidad sexual, adaptarse a la sociedad, etc. Este mismo discurso también cuestiona  la idea de  que “la maldad”  sea sólo una construcción social.  Se ataca  la postura teórica de Freud, especialmente, en El Por qué de la Guerra donde el maestro  sostiene  que el humano no es naturalmente bueno o malo sino que lo habitan pulsiones de tensión hacia el otro semejante y que esas pulsiones deben domesticarse para hacer del humano un sujeto civilizado. La maldad del hombre, según estas posturas teóricas contemporáneas,  ha conseguido incorporarse a un patrón biológico filogenético.  Es decir el humano desplegó su maldad y aprendió que  podía dominar al semejante al punto de controlarlo y someterlo.  Esta  hipótesis, reciclada y nada original,  plantea que ese patrón de comportamiento fue filogenéticamente aprendido,  razón por la cual  resulta tan infructuoso, desde las intervenciones que  hacen las ciencias sociales,  modificarlo.  Se podría  pensar, entonces,  que aunque la maldad haya sido un patrón de conducta  filogenéticamente aprendido no quiere decir que se deba dejar que se desarrolle. Por lo tanto, si cierto discurso epidemiológico actual  pretende imponer que el comportamiento perturbador y la agresividad que desarrollan algunos niños y jóvenes son  resultado de mutaciones genéticas,  metabólicas o neurológicas eso no quiere decir que se deba dejar que se desarrollen.   Este discurso contemporáneo, pero posmoderno por lo degradado y burdo,   no sólo se mete con el origen biológico de la conducta perturbadora, sino con otros temas como por ejemplo plantear  que la sexualidad no puede ni debe ser pensada desde la psicología y mucho menos desde el psicoanálisis.   En realidad se trata de una impostura que intenta,  perversamente,  neutralizar la función reguladora de los padres que son los encargados de frenar  la impulsividad de los hijos;  los que pretenden una satisfacción inmediata a cualquier costo.  Y lo que no se termina de advertir es que cuando esta función parental falla se funda la perversión.  Ya lo dijo Freud hace cien años y por eso siempre se quiere acallar la palabra del maestro.  Este discurso funda la perversión.  El discurso perverso se plantea como una doble afirmación.  Primero se afirma: –esto es así (aunque la realidad material de los hechos muestre lo contrario). Y la segunda afirmación plantea:   –En todo caso si algo cambio, alguien debe haber hecho algo para que las cosas no fueran más así. En el marco del discurso perverso el sujeto sabe que la ley parental existe pero aún así no le importa.  Luego no le importará la existencia de la ley jurídica.   El discurso perverso sabe que la realidad va en una dirección pero no le importa y además quiere que  se piense que eso no es así aunque la evidencia sea aplastante.  El discurso perverso hace una manipulación con sus afirmaciones que logra convencer al otro semejante al punto de dudar sobre sus propias convicciones.    El discurso perverso  niega que  los acontecimientos de la infancia deban tener un rumbo marcado por los adultos responsables de la crianza.   En definitiva el discurso perverso niega, sistemáticamente,  la existencia de su responsabilidad ante la transgresión. Resulta necesario desarrollar un pensamiento crítico que diluya la intención de deseducación que impera.  Pensar críticamente,  impedirá que  quedar como testigos  perplejos, anestesiados y enmudecidos  de una cruzada normalizadora de las perversiones que quiere  imponer la idea de que  la violencia y los conflictos en las familias y en las escuelas existen,  pero no es para tanto.

3) Ejes de análisis:

1) Criminología clásica y epidemiología contemporánea.  Se convive con un  imaginario colectivo que se conformó a partir de varios postulados que  la Antropología Criminal  legó.  Por ejemplo la noción de portación de rostro; la imposición de cierta tipología  sociológica del delincuente  que en general era un  varón joven, pobre y morocho.   Y a pesar de que esto es materia superada para la “academia” este imaginario cobra una dimensión descabellada cuando se piensa en el avance que la epidemiología contemporánea está teniendo sobre las investigaciones en salud mental.  En los últimos veinte años  progresa nuevamente, pero de manera inédita,  la idea de un determinismo biológico para explicar la personalidad antisocial o la génesis de conductas y sentimientos disarmónicos.  Vuelven,  en contradicción con los descubrimientos del psicoanálisis, a tener peso  los factores predisponentes,  el innatismo, los  componentes hereditarios o constitucionales y los mecanismos biológicos de activación que regularían la interacción social de los sujetos (¿neurociencias o neoconductismo?).   En la actualidad la salud mental se rige mundialmente por una clasificación internacional (Manual DSM) que describe tipologías que enmarcan cuadros clínicos.  Así como la criminología clásica, a través de sus tratados, posibilitó la formulación de penas y castigos de acuerdo a una tipología descrita certeramente,  la epidemiología contemporánea, a través de su Manual DSM,  posibilita la administración de un tratamiento médico-farmacológico de acuerdo también a una tipología descrita certeramente.   Prácticamente no queda sujeto alguno por fuera de alguna de estas tipologías.  Por lo tanto es más exhaustiva que la propuesta de la antropología criminal.

b) Vivir en el mundo de la Criminología Mediática.  La opinión pública construye una idea sobre lo que es la cuestión criminal a partir del mensaje emitido por los medios masivos de comunicación y las agencias de noticias públicas y privadas.  Esto quiere decir que se crea una realidad contando con la incredulidad pública a partir de la información,  la subinformación y  la desinformación.  Esta realidad surge entremezclada con prejuicios y creencias dando lugar a la creación de un estereotipo criminal (feo, sucio y malo como contrapartida al  limpio, puro e inmaculado).  También  desde los medios masivos de comunicación se impone la noción de Seguridad.  Esta noción es una construcción social que permite mantener inalterables algunas creencias; por ejemplo los malos están en un determinado lugar y se comportan de determinada manera por lo tanto habilitando ciertas estrategias de control se pueden vigilar y castigar.   Si la “inseguridad” está identificada en un cierto contexto y tiene como protagonistas actores absolutamente determinados la cuestión criminal queda limitada y recortada a una realidad establecida.

c) La violencia escolar no existe, es violencia social.  La criminología mediática selecciona cuidadosamente los delitos más cargados de perversidad o violencia y deja de lado asuntos menores dado que estos últimos no sirven para generar la cuestión criminal en la opinión pública (¿más suicidios que homicidios?).  Lo que se muestra  debe ser, como mensaje, contundente y claro para no dejar ninguna duda acerca de quién es y dónde está el enemigo.  El efecto inmediato, de este mensaje,  es el miedo.  En el caso de la noción de “violencia escolar” se impone mediante mensajes emocionales reiterados e imágenes abrumadoras que circunscriben el asunto a un grupo y a un lugar: los alumnos, los docentes  y las escuelas. No se habla de violencia “en” las escuelas sino de violencia escolar (como si tuviera una entidad propia o como si fuera una nosología).   El “ellos”, de la criminalidad, está delimitado en el modo de nominar esta modalidad de violencia como “escolar”; he ahí la trampa.  La criminología mediática asume el discurso de la higiene social y estigmatiza a un conjunto social,  como lo es la escuela,  atribuyéndole la criminalidad como algo propio.  Esto le permite imponer un modelo punitivo violento que no admite la más mínima reflexión ni pensamiento crítico.  Sin olvidar, claro está, de que al mostrar esa modalidad de violencia la reproduce (no hay más que ver la cantidad de escenas de violencia en las escuelas que llenan espacios virtuales  y que se ha convertido en un aprendizaje para otros que se identifican, vía web, con esas escenas.  Ej. La profesora de historia a la que le prenden fuego en el pelo).  Como efecto, la criminología mediática,  logra disminuir los niveles de angustia de la sociedad que contempla perpleja los episodios de violencia en las escuelas introyectando la explicación que proponen los medios con interpretaciones deformantes acerca de los peligros que se despliegan sobre el estado de bienestar de la sociedad.  De este modo se comprende y “justifica” el exceso de monitoreo al que son sometidas las comunidades en la actualidad con la supuesta intención de la protección frente al delito.    En este caso se ha hablado de poner detectores de metales o hacer requisas en el ingreso de los alumnos a los establecimientos educativos poniendo nuevamente en  alarma de la opinión pública que no necesita demasiado para enarbolar la idea de una potencialidad delictiva en los jóvenes, por el sólo hecho de la juventud. Insistimos en señalar que no es violencia escolar lo que inquieta las aulas en la actualidad sino violencia social que irrumpe dentro de los establecimientos educativos en el marco de una intensa campaña discursiva en manos de la criminología mediática.

4) Método Cualitativo:

Metodología cualitativa: La metodología cualitativa se refiere en su más amplio sentido a la investigación que produce datos descriptivos: las propias palabras de las personas, habladas o escritas, y la conducta observable.(se puede ver el siguiente link: http://es.scribd.com/doc/7129311/Taylor-SJ-y-Bogdan-R-Introduccion-a-Los-metodos-Cualitativos-de-Investigacion).

Interaccionismo simbólico: El interaccionismo simbólico atribuye una importancia primordial a los significados sociales que las personas asignan al mundo que las rodea. El interaccionismo simbólico reposa sobre tres premisas básicas. La primera es que las personas actúan respecto de las cosas e incluso respecto de las otras personas, sobre la base de los significados que estas cosas tienen para ellas. De modo que las personas no responden simplemente a estímulos o exteriorizan guiones culturales. Es el significado lo que determina la acción. La segunda premisa  dice que los significados son productos sociales que surgen durante la interacción. Una persona aprende de las otras personas a ver el mundo. Y la tercera premisa fundamental del interaccionismo simbólico  es que los actores sociales asignan significados a situaciones, a otras personas, a las cosas y a sí mismos a través de un proceso de interpretación.

Epidemiología sociocultural:

Este modelo de investigación se contrapone al modelo convencional y  da cuenta de un carácter transcultural de la enfermedad y la salud teniendo en cuenta la experiencia del sujeto y las representaciones sociales. La epidemiología sociocultural es una propuesta teórica y metodológica para aplicar conocimientos y habilidades desarrolladas en las ciencias sociales al campo de la salud.

5) Temáticas posibles:

ü La criminología mediática y la manipulación del miedo. Sin negar la existencia de sujetos menores de edad que desarrollan conductas denominadas “antisociales”, resulta necesario arrojar luz sobre algunos hechos que están cobrando una dimensión descabellada.  Se trata de la criminalización de la conducta de muchos niños y jóvenes, a quienes desde diferentes ámbitos se los estigmatiza como potenciales transgresores del orden social y del bienestar comunitario.  La consecuencia de esta injuria, atenta el normal desarrollo del psiquismo y de la vida en comunidad de estos ciudadanos menores de edad.  Determinados hechos que lindan con el delito y el crimen, producidos en el contexto escolar y familiar, llevan a muchos a manifestarse como si se tratara de una horda de salvajes integrada por “todos” los niños y los jóvenes;  sin preguntarse cuáles son las razones socioculturales, económicas y políticas que condicionan estas manifestaciones.  Esta situación se produce bajo la influencia de quienes generan opinión pública: los medios masivos de comunicación.

ü Las problemática de la vigilancia y el control social. Los  dispositivos de vigilancia y control social  ejercen una supervisión de la vida cotidiana de las personas y funcionan como mecanismos coercitivos que pretenden  influenciar  los pensamientos, las costumbres y los intereses de los ciudadanos con el único objetivo de sostener un sistema basado en el consumo.  Las grandes corporaciones multinacionales que han globalizado al mundo y que destruyen las particularidades de cada comunidad, comienzan a perder poder.  Nuevas voces se alzan para denunciar el maltrato y la especulación sobre el otro semejante;  a quién se avasalla sin  contemplaciones. Ya no resulta tan fácil desarrollar  dispositivos de control y vigilancia porque las explicaciones que se basan en un solo motivo dejan afuera la complejidad social de cómo se producen los hechos. Se impone revisar que los dispositivos de control social se desarrollan basados en imprecisiones o falacias,  para poder justificar su existencia.

ü La escuela y el hospital como receptores y reproductores de la conflictividad social. El estigma criminológico que pesa sobre niños y jóvenes lleva a justificar la creación de los más variados métodos de control.  Los niños y los jóvenes de la posmodernidad, en tensión con el mundo adulto,  padecen estos dispositivos que no hacen más que intensificar los problemas.  Queremos saber la realidad de cómo se construye esta conflictividad social   y  por qué, al mismo tiempo,  es la sociedad  la que concibe determinados dispositivos para tratarla.  La cárcel, la  escuela y el  hospital se inventaron para que haya un lugar dónde “poner” la conflictividad social.  Intentamos preguntarnos cómo lograr que  una organización social,  con un origen tan complejo,  logre  sostenerse para resolver esa conflictividad y  no sólo para reproducirla.

ü Recursos para convocar a los padres estratégicamente. La familia estalla cuando lo cotidiano se transforma en descontrol y no logra encontrar ni estrategias propias  ni organizaciones  sociales que las ayuden.  Este descontrol no se limita a familias de determinados recursos económicos o culturales. Muchas familias padecen la falta de seguridad, los efectos del deterioro de la educación, el descrédito de la palabra del adulto y esto se vuelve en contra a la hora de poner límites a los hijos o de resolver los conflictos internos. .  Es fundamental brindarles, a los padres, espacios de formación y asesoramiento para ayudarlos a detectar, tempranamente, indicadores en la conducta de sus hijos que permitan vislumbrar una futura conducta transgresora.  Los niños y jóvenes reproducen, en las escuelas, los niveles de transgresión que se producen en las familias.  Si los padres hablan mal del docente no se puede pretender que el niño o joven hable bien.  Del mismo modo cuando los docentes creen que “toda la culpa de lo que ocurre con los niños  la tienen los padres”,  ponen el acento en algo que, luego, se les volverá en contra;  porque pierden el apoyo de los padres en la tarea de educar.  Se hace necesario  reflexionar sobre la alternativa de una alianza estratégica con los padres para contar con ellos en el proceso de enseñanza – aprendizaje de sus hijos.

ü . Recursos para interpretar y resolver las amenazas e insultos entre alumnos y docentes. En el proceso de enseñanza – aprendizaje se ejerce un grado de violencia, necesaria, para poder imponer determinado modelo cultural a las nuevas generaciones.  Pero este grado de violencia, no elaborado,  puede llegar a estigmatizar y excluir socialmente.  Esto es lo que se conoce como el ejercicio de la violencia institucional. De acuerdo a esto los episodios de violencia dentro de las escuelas, entre docentes y alumnos,  no pueden ser considerados como  hechos aislados,  ya que hay una escalada en proporción geométrica cada año y que el mundo adulto tiene que hacerse cargo y encontrar nuevas respuestas para lo que está pasando con la violencia social que irrumpe en los establecimientos escolares.   Y para no estigmatizar la conducta de los niños, niñas y jóvenes debemos considerar que la violencia también la desarrollan los adultos que integran las organizaciones escolares.  En muchas oportunidades la violencia verbal o física de algunos alumnos no es más que la respuesta al padecimiento de violencia psicológica y/o simbólica desplegada y ejercida, impunemente,  por algunos adultos.

ü La criminalización de niños y jóvenes actual cuestiona si se trata de sujetos u objetos del derecho. Los niños, niñas y adolescentes deben saber cuáles son sus derechos, pero  y fundamentalmente,  cuáles son las obligaciones que conllevan dichos derechos.  En algunos ámbitos la transmisión que se hace sobre el valor que tiene sostener los derechos de la infancia genera una gran confusión que por momentos se emparenta con situaciones anárquicas.  Algunos niños, niñas y jóvenes, en medio de un gran desconcierto, suponen que tener derechos es pretender que nadie pueda inmiscuirse en sus vidas y sus intereses.  Esa comprensión desacertada es producto de una enseñanza errónea que hay que corregir para evitar futuros sujetos transgresores que apelen a formatos seudodemocráticos para justificar su accionar.  Debemos comprender que muchos  niños, niñas y jóvenes contemporáneos no son violentos, están violentos,  porque están absolutamente angustiados frente a un panorama pleno de desasosiego. Esta postura los estigmatiza en un marco delictivo y los vuelve objetos de una tutela que criminaliza.  Es tarea de los adultos enseñarles las diferencias entre lo que está bien y lo que está mal. Es una obligación moral   escucharlos porque ellos, aunque se quejen,  necesitan aún de la palabra del adulto con quien, en todo caso, confrontar su propio saber.  No se los puede  responsabilizar por el  mundo que se les da para vivir, lleno de desorden y de anomia sobre el que luego se los castigue por no comportarse como es debido.

ü Redes sociales, ciberbullying y subjetividad. La condición de usuario, sobre la infancia,  ha impuesto y modificado costumbres, modos de vincularse,  lenguajes.  También  ha alterado nociones como la amistad, el amor, el saber.  Por esa razón proponemos el análisis de lo que ocurre con las redes sociales en el marco de  la construcción  de la subjetividad.  Consideramos que, a pesar de una posible influencia, no es el contenido de la Web lo que determina ni modela la futura conducta de un niño, niña o joven que navega en ella.  Los modos de navegar en la web están sujetos a  las particularidades del usuario y no al revés.  Por esa razón es fundamental cuidar y preservar a los niños, niñas y jóvenes del acceso a contenidos inconvenientes para su vida y su desarrollo como sujetos sanos, explicando los riesgos a los que se exponen. La creación de un código familiar de acuerdos y de un código normativo para el aula es una herramienta fundamental para la prevención de situaciones traumáticas o de la utilización deformada de este recurso tecnológico; sabiendo que nada reemplaza el acompañamiento y la palabra de docentes y padres a la hora de tener que limitar una utilización no conveniente de estos nuevos recursos.

ü Uso problemático de sustancias legales e ilegales. La categoría de drogadicto es muy específica. Pensamos que es sólo para determinados sujetos y no se puede generalizar. Por esa razón  preferimos hablar de sujetos usuarios con consumos problemáticos. Esta categorización responde a la posición subjetiva que se tiene respecto al objeto tóxico y a  la acción de intoxicarse. La mirada sobre estos temas cambia cuando se considera  la sustancia que se consume;  cuándo se la consume;  bajo qué circunstancias sociales, afectivas y culturales se lo hace y  cuál es la historicidad que se puede hacer de ese consumo. El tóxico va a funcionar, en la vida del usuario, como un complemento que le permita una sensación de placer extra o de satisfacción inmediata, o como una suplencia frente a una carencia o déficit personal. En estas dos posiciones se presentan los usuarios de sustancias tóxicas legales o ilegales.  Y estos consumos pueden ser  ocasionales, cuando se desarrollan sólo en situaciones sociales con un fin recreativo o de pertenencia;  pueden ser  abusivos, cuando se desarrollan más regularmente pero sólo en situaciones sociales para liberar ciertas represiones, y pueden ser  adictivos, cuando se producen  compulsivamente todos los días, preferentemente a solas. En este contexto pretendemos analizar qué papel tienen los estímulos que propone la posmodernidad para lograr mayores consumos tóxicos y adictivos en el marco de una lógica mercantilista.

ü El consumo que disciplina, anestesiando la angustia y el aburrimiento. Es necesario  abordar es una problemática sociocultural que padecen niños y jóvenes inmersos en una sociedad de consumo que pretende (y lo logra muchas veces) esclavizarlos imponiéndole constantemente mensajes, objetos y servicios que necesitan poco y nada. Los procesos de anestesia para la angustia y el aburrimiento están a la mano de todo aquel que lo necesite de tal modo que no se entere qué es lo que le genera semejante estado.  Queremos analizar cuáles son las circunstancias sociales y culturales que hacen que un niño, niña o joven puedan aferrarse a un objeto sin advertir los móviles que sustentan la esclavitud del siglo XXI.

ü Marginalidad, riesgo social y prevención. La problemática del castigo como única opción disciplinaria. La Escuela y la Familia ejercen un tipo de control social que imprime en los niños y en los jóvenes la cultura dominante de una población.  Este control lo ejercen a través de la transmisión de un proceso de enseñanza, y del legado de valores morales y éticos, socialmente establecidos.     En el proceso de enseñanza se ejerce un grado de violencia, necesaria, para poder imponer determinado modelo cultural a las nuevas generaciones.  Pero este grado de violencia, no elaborado,  puede llegar a estigmatizar y excluir socialmente.  Esto es lo que se conoce como el ejercicio de la violencia institucional. La Escuela tiene que definir qué postura adopta frente  a las nuevas presentaciones de la violencia social, porque  la violencia que se desarrolla en las escuelas está atravesada por la violencia social y se confunde, habitualmente, en una representación estereotipada que lo único que pretende es el castigo como opción disciplinaria y no trabaja en procesos preventivos. ¿Qué grado de responsabilidad tiene la escuela y la familia sobre la instalación o disolución de estos procesos de segregación y marginalidad.

ü Los roles, las jerarquías y la autoridad que generan los acuerdos de convivencia institucional. La escalada que toma la violencia social que irrumpe en los establecimientos escolares obliga a revisar algunos temas; por ejemplo los sistemas disciplinarios escolares.  Está claro y es evidente que  debe superar al viejo sistema de amonestaciones del siglo pasado. Pero es necesario que dé  mejores respuestas  que las que dan los actuales y endebles acuerdos de convivencia institucional y grupal.  Las tutorías en la escuela secundaria y las asambleas de consejos de aula en la escuela primaria debieran ser  herramientas eficaces para abordar los conflictos. Estas estrategias, tutorías y consejos, deben contar con profesionales capacitados para esa tarea específica y no ser meras figuras formales en un organigrama.  Roles, jerarquías y autoridad deberían ser los ejes para retomar estos temas, de ahí nuestra propuesta de debate.

ü Las crisis en la familia y la escuela como única referencia. La escuela es la última institución social intermedia que ha quedado en pie luego de la nefasta década de los noventa.  Han desaparecido otras “instituciones” dónde se socializaban los chicos: la calle, los vecinos, el club social y deportivo, la bicicleta en la calle, los amigos con la pelota en la vereda, otros.  Esto se diluyó en las ciudades y está llegando lentamente a los pequeños pueblos y comunidades del interior (en algunos lugares se mantienen).  La familia, con sus conflictos estalla directamente en las organizaciones escolares que son las que reciben a  los chicos apenas salen del hogar para hacer su socialización secundaria.  Y al mismo tiempo nos vemos atravesados por  una gran paradoja: las organizaciones sociales vinculadas a la educación también son violentas.  Por esa razón nos proponemos pensar si la escuela es la única referencia posible para contener estas crisis familiares.

ü Nuevas presentaciones de la sexualidad en la familia y en la escuela
Biología y subjetividad. Existe en la actualidad una gran confusión respecto a las implicancias médico-legales, anatomofisiológicas y psicosociales sobre estas nuevas presentaciones (que no son tan nuevas pero si más visibles) y lo que tiene que ver con el campo de los derechos humanos, la identidad sexual, el género y de la libre elección.   En la actualidad, se propone un gran interrogante que tiene que ver con saber si  conductas sexuales disarmónicas respecto a la genitalidad deben o no recibir una intervención para reconducirlas según el género del niño/a.  El típico ejemplo de un niño o niña que se trasviste o prefiere juegos que culturalmente son del sexo opuesto.  El interrogante que se produce es si esto tiene que ver con la biología o con la subjetividad psíquica.  ¿La sexualidad humana es una construcción social o es sólo biológica? Nos parece que, en esta época,  hay una cruzada normalizadora de las perversiones que tampoco permite pensar el tema para arribar a conclusiones que permitan un abordaje de la problemática.

ü La consulta clínica “exprés” para la resolución de la emergencia y su vinculación con la escuela. Necesitamos poder dar cuenta de las nuevas presentaciones que está teniendo la clínica con niños y adolescentes en esta época.  Proponemos revisar algunos modos violentos que tienen estas presentaciones y que en general no son visibles como tales.  Nos  interesa poder destacar los modos en que los padres se presentan con diagnósticos exprés que tomaron de Internet o fueron sugeridos por un pediatra o la maestra.  Todo es vertiginoso y hay una urgencia por resolver lo que pasa con los hijos y los alumnos.  Sólo hay “urgencia” ante la “emergencia” y no hay un detenimiento para analizar las razones de eso que “emerge” urgido por ser escuchado, leído, contenido.  Lo que emerge no puede ser resuelto de modo exprés; requiere de la elaboración de una historicidad y de una relocalización del conflicto y de las responsabilidades adultas y sociales que lo produjeron.

6) Director de investigación:

Lic. Fernando Osorio